Quiero ser Francés

Hace un par de días leí en el periódico una reflexión que comparto totalmente y que me gustaría plasmar aquí. Y es que ayer fue el día de la patria gala...

La firmante del artículo exponía las razones por las que la buena mujer quisiera ser francesa.

Hago mías esas razones.

Siendo niño viajé mucho por toda Europa con mis padres. En aquellos tiempos chapurreaba inglés y mi padre hablaba francés (nunca estaré del todo seguro si realmente lo hablaba bien o le echaba el suficiente morro como para que no se notara que no lo hacía), y con eso y nuestra vieja y pequeña caravana recorrimos Europa hasta Holanda y Escocia en el norte, (la extinta) Checoslovaquia en el este, Hungría en el sur y Portugal e Inglaterra en el oeste.

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He visto muchos de los encantos de esta jovenzuela...


Guardo muy buenos recuerdos de aquellos viajes veraniegos, donde las pateadas por ciudades cuyos nombres muchas veces no sabía ni pronunciar sustituían al típico verano de discotequeo y ligues que tenían casi todos mis amigos.

En particular, unas cuantas veces paramos nuestras aventuras en Francia.

Lo primero que hay que decir de Francia es que está lleno de franceses, que en general son una gente muy educada y muy correcta, salvo en París, y es que no hay que confundir a los franceses con los parisinos.

Dicen que es porque reciben tan cantidad de turistas al año que acaban por aborrecer al extranjero (sobre todo si no habla francés o lo habla mal).

En fin, a lo que iba, que son gente muy correcta, muy culta. Me da la sensación de que tienen un concepto de sociedad mucho más desarrollado que aquí, entendiendo como sociedad un conjunto de personas que lejos de intentar matarse o pisarse entre sí, colaboran para tener un futuro (y presente) común mejor entre todos.

No sé hasta qué punto la picaresca nacional existe por allí, porque imagino que los gilipollas los hay por todas partes, y los mangantes disfrazados de hombres de negocios, también.

Pero no hablo de esa minoría que rige los designios del resto, sino del común de la sociedad, de la masa de gente que normalmente se deja llevar por tal o cual partido y/o político.

Me da la sensación de que la Ilustración ha hecho un buen trabajo allí, y la gente es más crítica con las ideas, es más culta en general en el sentido de que es un país en el que, como dice la del artículo, se habla, se debate, se discute (de nuevo discuss, no argue), se confrontan ideas y opiniones y, finalmente, se decide.

En una palabra, se piensa.

El hecho de ver, por ejemplo, que con el tema de la Constitución Europea, a la que se votó no en el país vecino, había celebraciones de personas con pensamientos políticos opuestos.

No les duelen prendas en decir un 'no' porque les parece demasiado liberal aunque los haya que digan ese mismo 'no' porque les parece demasiado abierta a recibir inmigrantes. Decir 'no' no es lo que cuenta, sino por qué se dice 'no'. Por supuesto, tampoco importa que otro diga 'no' por otras razones y se vote 'sí' por confrontación, que es como funcionamos por aquí muchas veces.

Aquí (España) se votó 'sí' porque nadie pidió un 'no', pero es que nadie se paró a pensar hablar, debatir ni criticar nada, aquí sólo se mira si podemos seguir chupando de la teta de la madre Europa o no.

Será porque allí tenían a Diderot y nosotros a Godoy, ellos citan a Rousseau y nosotros a Yola Berrocal.

Ellos a Descartes, Marie Curie (vaaale no era francesa, pero desarrolló toda su labor en ese país), Anquetil y Zidane, nosotros a Mario Conde, Malena Gracia, Coto Matamoros y Raúl (el futbolista, el cantante mayor o el cantante niño (Raulito)).

Ellos son el país de la razón, nosotros, el del pelotazo.

Di que, ahora que lo pienso, ellos tienen a Marlene Morreau, pero casi la hemos adoptado como propia porque allí creo que no se comía ni los mocos...

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Se ve que es el paradigma del pensamiento...


Al que esté pensando que ellos tienen a LePen, nosotros tenemos a Inestrillas...



Por si acaso se acaba perdiendo, voy a intertextualizar el artículo aquí...


Quiero ser francesa
BEGOÑA MURUAGA

Desde que los franceses votaron masivamente 'no' en el referéndum sobre la Constitución europea, he leído innumerables artículos sobre el tema, la mayoría de ellos muy críticos para con la ciudadanía y los políticos que apostaron por el 'no': son antiliberales y antinorteamericanos, están contra los emigrantes, son unos egoístas nacionalistas, pretenden una Europa francesa... Con todo, en algunos casos, se hacía un esfuerzo por entender lo que había pasado y se apuntaban algunas explicaciones: la unidad europea se está haciendo al margen de la ciudadanía, el nivel de desempleo es preocupante, se está criticando el modelo liberal basado en la prevalencia del mercado, etcétera.

Sea como fuere, hay un hecho evidente: votó el 69,73% de la población, una participación amplia, teniendo en cuenta el poco interés que suscitan los temas europeos; en nuestro país sólo votó el 42,32%. Además, el tema había sido previamente debatido, no sólo en los medios de comunicación, sino también dentro de los propios partidos, algo que no había ocurrido aquí. Por ello, las razones tanto para el 'sí' como para el 'no' eran de lo más variadas: en el caso del 'sí', para fortalecer Europa en el mundo, para que haya una Francia fuerte en Europa, porque el Tratado mejorará las instituciones de la UE...; en el caso del 'no', porque el Tratado empeorará el desempleo, porque es demasiado liberal, por la cuestión de Turquía, para obligar a renegociar el Tratado. En resumen: razones argumentadas. En España, tanto el 'sí' como el 'no' respondieron en gran medida a las instrucciones de los partidos políticos.

Cuando hace un año el Gobierno francés decidió regular por ley el uso del velo en las escuelas, hacía tiempo que la llamada 'polémica del velo' estaba instalada en la sociedad francesa: enseñantes, grupos feministas, grupos islamistas y amplias capas de la sociedad llevaban años debatiendo el tema, y los medios de comunicación se habían hecho eco de los debates. En consecuencia, las calles se llenaron de manifestaciones a favor y en contra del velo. La ley que prohíbe los signos religiosos en las escuelas públicas francesas está ya en vigor y puede gustar más o menos, pero hay un hecho evidente: ha ido precedida de un amplio debate social.

En marzo pasado, alrededor de un millón de personas se manifestaron en París en defensa de las 35 horas semanales, el empleo y las mejoras salariales. Era la respuesta ciudadana a la propuesta del Gobierno de reformar la Ley Aubry, uno de los logros del Ejecutivo socialista de Lionel Jospin, para aumentar a más de 48 horas (el máximo admitido por la UE) la jornada laboral. Sindicatos y agentes sociales acudieron puntuales a la cita en la calle, no sin antes debatir en los centros de trabajo.

El acceso a la información de la ciudadanía francesa nada tiene que ver con el que tenemos en este país, y tampoco el nivel de reflexión y debate. Allí se discute, se argumenta y se intenta convencer. Aquí, en cambio, se grita. Hemos pasado en pocos años del silencio y la censura a la opinión sobre todo, pero sin el más mínimo criterio. Aquí vale lo mismo el criterio de una persona experta que las manifestaciones salidas de tono de cualquier cantamañanas. Y, lo que es peor, a veces sólo escuchamos las opiniones de esos últimos. Por ello, a mí me gustaría que en España, lo mismo ante un referéndum que ante una consulta popular o cualquier nueva ley, hubiera más confrontación de ideas, más argumentos.

Hace poco leí en un artículo que Francia tiene posiblemente la ciudadanía más politizada de Europa. También se dice que es el país más laico de la UE. Ya sé que con la que está cayendo en el tema de la pesca no es buen momento para manifestarlo -y menos en Euskadi-, pero qué quieren que les diga: a mí, cuando comparo las culturas políticas, me gustaría ser francesa.