Me pareció ver un lindo gatito

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- ¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Vi un lindo gatito!


Ya he comentado que ya no somos dueños de nuestra casa. Tenemos un inquilino que se ha hecho el amo de la barraca sin que nos diéramos cuenta. Ha sido un ataque sigiloso y bien planeado para hacerse con los recovecos más recónditos del piso.

Hasta ha roto su primer jarrón, uno nada caro, pero sí muy considerado, por el que se llevó la mayor sarta de gritos y golpes en el morro que ha recibido hasta ahora. Y mira que es trasto el puñetero...

Pero no siempre fue así.

Cuando llegó, una pelotilla blanquecina con más cabeza que cuerpo, se tambaleaba por el suelo y perdía el equilibrio cuando se sacudía las orejas. Se afanaba por subirse a lugares a los que era imposible que llegara y poco a poco fue conquistando. Léase sofá, sillas, etc.

Lo bueno es que no se ha acostumbrado a usar las uñas para subirse a estos sitios, menos mal, porque si no, iba a recibir a cada intento. Las usa a veces para estirarse en el sofá, cosa que, por ley, está castigada con pena de abrazo del oso.

Al principio, y por defecto de fábrica, el pobre llegó con el ojo roto.

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Detalle del ojo...


Creemos que en una reyerta callejera contra otros, al menos, seis gatos adultos, el pobre se defendió con uñas y dientes hasta reducirlos y devolver el bolso robado a la ancianita de turno, pero no lo tenemos del todo claro. La cuestión es que llegó con el ojo malito y sin vacunar.

A base de pastillas que teníamos que encestar en su garganta para que el bicho se las tragase, una jeringuilla de una pasta blanca que ha habido que darle durante tres días antes de las vacunas y revacunas que le hemos tenido que poner. Todo un despliegue de euros por la salud del dictador.

Todo incluso si no contamos lo que come el señorito, porque, a pesar de haberle acostumbrado al pienso, ya se ha desvirgado con el borde de los yogures, ha probado el pecado del jamón de york, el placer de una galleta integral no le es desconocido, y ni tan siquiera el pan ha resistido sus envites.

Si al final no se civiliza y deja de mordernos las muñecas a cada ocasión (las nuestras, las vecinas de la manos, nada que ver con objetos inanimados), tal vez tenga un futuro debajo del fregadero, como bicho que se come lo que le echen tipo Los Picapiedra...

Después, cuando las cosas parecían serenarse en cuanto a visitas al veterinario se refiere, va, y resulta que, para caparlo y quitarle las uñas (este último extremo está aún en fase de debate, porque se deja cortar las uñas sin demasiado berrido), surge un nuevo problema.

Resulta que a los gatos, los testículos se les bajan al escroto a medida que van creciendo, ya que cuando nacen los tienen dentro del abdomen. A la hora de caparlos, es necesario esperar a que salgan.

Pues bien, para completar las rarezas, Kay sólo tiene un huevo. El otro lo tiene dentro del abdomen y no quiere salir. Esto le ha acarreado el sobrenombre de "Monoóvido", apelativo cariñoso con el que le torturamos a su pesar.

La pega de esta gracia es que si la operación de ambas extirpaciones ronda los 200€ (anda que no sale caro ni nada...), si hay que abrirle el abdomen para quitarle el huevo perdido la cosa sube...

La última semana de agosto se perfila como un nuevo renacer para el gato, esperamos que nadie cambie salvo que no marque su territorio (los gatos mean amoníaco puro) y no se afile las uñas en el sofá.

Seguiremos informando...