En las (pen)últimas

Mientras las penúltimas horas en esta oficina languidecen entre traspaso de marrones y esperas a que quien recibe lo mejor de mi trabajo del último año y medio, leo.

Creo que estos días me he pasado más veces por barrapunto o meneame que en todo el resto del año junto. ¡Hasta me he pasado ratos autoleyendo este mismo blog a través de ese pedazo de nuevo sistema de navegación por meses!

Admito haber llegado a aburrirme de internet, pero menos mal que siempre hay quien se lo curra más que uno y he estado medio entretenido pasándome el segundo Gran Reto de Javi Moya. Tras el primero, no pude evitar caer en la tentación de pasarme este segundo... Muy recomendable, sobre todo para quien sea usuario de internet, y no tanto currela de la misma como un servidor (si has entendido el chiste, es que eres de los míos...).

Pero como casi siempre ocurre cuando estás a punto de acabar mirando qué dicen en marca del mandril, aparece algo en menéame que te salva de las garras del periodísmo deportivo (perdón por la paradoja... (de nuevo, si lo has pillado, ¡enhorabuena!)).

He encontrado un post con el que no puedo estar más que de acuerdo y que, si bien trata temas ya posteados en este mismo blog (y en otros, obviamente...) y desde una perspectiva creo que similar, el concepto me ha resultado novedoso.

Como una Lucía Etxebarria cualquiera, no sé si plagiar aquí el post o dejarlo simplemente en un link al blog Ataraxia y declararlo como documentación...

Solventada la duda, no queda sino recomendar su lectura.

Ahora mismo, cortándome la inercia del post, acaban de llamarme. Sé que es el día sin móvil, pero la llamada está perfectamente justificada.

Ayer llevamos (llevó) al gato al veterinario. Hace unos días que ni come, ni bebe, ni mea, ni caga. No da tanto la turra ni maúlla como de costumbre, de modo que, ante la duda, acabó en la consulta. Le miraron, un par de pruebas, y nada. Como en cualquier capítulo de House, todo parecía normal, un poco de fiebre a lo sumo.

Hoy, las cosas se han torcido. Le han hecho una radiografía y una ecografía y pinta mal. Mil veces he criticado que mientras en el primer mundo hasta las mascotas tienen mejor asistencia que las personas en el tercero, y mil veces más lo criticaré, pero hoy los sentimientos quedan por encima de todo lo demás.

Parece ser que a raíz de la segunda vez que saltó del balcón para atacar a no se sabe qué, o de alguna otra caída o golpe en casa, ha tenido un problema con el diafragma y casi no puede respirar. Nos (Le) han dicho que es posible que ni con una operación muy compleja pueda salir adelante, y esta tarde voy a pasarme para conocer los detalles de última hora. Por ahora, se ha quedado ingresado.

Más allá del coste que todo esto puede suponer, menuda putada para el gato y para nosotros, justo ahora que la ilusión había dejado hueco al hastío en el terreno laboral.

Y yo que tenía en mente poner aquí una foto en mi nuevo puesto de trabajo, en pijama y zapatillas, con el gato y el ratón... que ayer mismo lo comentaba con mi hermano postizo... cagontó!

¿Es casualidad la temática del post encontrado? ¿Hasta qué punto es el gato consciente de sí mismo? ¿Sabe antes que nadie que esto puede ser el fin? ¿Lo será?

Joder, aunque sea por una vez, recemos por que no.