Rodando, rodando

Imagina que trabajas (si no lo haces ya). Imagina que, además, ganas un huevo de dinero. No, no hablo de sueldos mensuales millonarios, sino sueldos semanales millonarios.

Imagina que ganas ese dinero porque eres de los pocas personas (unas 20 en todo el mundo) capaces de hacer lo que haces. Además, eres joven, tienes muchos años por delante, una gran carrera profesional; porque encima eres muy bueno en ello. Lo único que debes hacer es no cagarla. Por supuesto, tienes un gran equipo de personas que, sin estar subordinadas a ti ni tú a ellos, forman parte de un gran engranaje que permite que hagas bien tu trabajo. Por supuesto también, tu trabajo tiene ciertos riesgos, y si algo de lo que hacen esas otras personas (o tú mismo) va mal, corres serios riesgos. La seguridad ha crecido mucho en tu trabajo, de modo que la mayoría de los posibles accidentes que te pueden ocurrir no pasan de sustos, pero eso no evita que, a veces, haya quien lo pierde todo.

Imagina que el sueldo que ganas va más allá de lo que puedas imaginar, y que ese trabajo te gusta como ningún otro. Todos esos problemas que pueden haber acaban por no importar, haces tu trabajo encantado de la vida. Eres el mejor y disfrutas de ello, eres una leyenda viva, y aún no has cumplido los 25.

Imagina, además, que hay todo un país, ¡qué coño! todo un continente está pendiente de tu trabajo, vibra con él, millones de personas apoyándote. Es un espectáculo, un gran evento cada vez que haces bien tu trabajo. La gente está pendiente de ti, te sigue y te venera. Tienes tantas tías con las bragas en la mano que estás pensando hacerte gay, para variar.

Imagina que vas haciendo bien tu trabajo y todo el mundo te sube a las nubes. Desconfías porque sabes que de la misma manera que se te encumbra, se te tira a los infiernos cuando las cosas no van tan bien.

Y parece que es lo que empieza a pasar. Algo se ha torcido últimamente, ya no es tan fácil ser el mejor. Lo que al principio parecía que iba a ser tan sencillo de lograr, empieza a deshacerse como un azucarillo bajo la lluvia.

Tal vez pierdas la confianza en ti mismo. La gente aún mantiene su confianza en ti, pero sabes que algo ya no es lo que era. Alguien igual de bueno, puede que mejor, empieza a hacerlo bien. Sabes que a lo mejor no eras tan bueno como pensabas, puede que algo que escapa a tu control ya no te ayuda como antes... Y ese tío se te está acercando a cada paso.

Ya casi puedes sentir su aliento en tu nuca, aunque a lo mejor es sólo la mosca que tienes detrás de la oreja. Todo empieza a ser un poco confuso.

Empiezas a notar la presión. Es fácil ser bueno cuando nadie espera que lo seas. Ahora todos lo esperan y es cuando no sabes si lo podrás hacer. Eres ambicioso, quieres hacerlo, pero estás acusando la presión. Se ha vendido tanto que eres el mejor que ahora no sabes cómo actuarías si no lo fueras. ¿Qué iban a pensar?

Pero eso no es lo importante, lo realmente crucial es que no puedes dejar que las cosas se te vayan de las manos. Puede que no seas el mejor, pero desde luego vas a tener las cosas controladas el mayor tiempo posible para que no se note.

Si hace falta, patalearás, dirás que no quieres trabajar hoy. Tomarás extrañas excusas que si él, ese que va acercándose a tu cetro, tomase, no dudarías en descalificar.

- ¿Cómo que los pitiflondios no son los de siempre? ¡Entonces no voy!

- No puede ser que tengamos un problema con esto, hoy no trabajo, y además, que no trabaje nadie, se suspende la función.

Es curioso cómo se tiende a sobrevalorar las cosas cuando interesa a algunos. Puede que seas muy bueno, puede que tengas un huevo de dinero, fama, relumbrón.

Pero no dejas de ser un cagón. Que lo sepas.