El Viaje IV

Tras la estancia en Praga, y con la decepción de comprobar que sus buenas gentes se convierten en asquerosas rubias con un tono la mar de pasivo y un actitud de perdonarte la vida,
putoguiriquevienesaestepaísatocarnos
-losgüitosalospobresfuncionarios

de las taquillas donde cambiar un billete de tren a uno más de mañana, llegamos a Viena acompañados de una simpática pareja de Sevilla de quienes nunca más supimos.
A eso de las 15:30 y con el hambre propio de quien se levanta y desayuna prontito cara a un viaje, salimos del hotel prestos a localizar un garito donde saciarlo.

Si alguien nos pregunta alguna vez lo negaremos con ahínco, pero en una Viena imperial donde se habla alemán, entramos en un McDonald’s con las esperanza de que, por aquello de lo internacional del lugar, alguien pudiera atendernos en inglés... sin ponernos la mala cara de la rubia de la estación de tren de Praga.

En la cola vivimos momentos tensos, sobre todo ese el que los dos que van delante se quitan de los mostradores a la vez. Es decir, había una única cola y la gente iba a la derecha o a la izquierda sólo por razones aleatorias, pero cuando nos tocó, tuvimos que elegir, porque teníamos ambas opciones disponibles: rubia joven a la izquierda, moreno madurito a la derecha...

Con el pensamiento aún en la rubia de la mañana y con cierto toque masoquista, nos inclinamos por la joven, esperando que su juventud la hubiera animado, en su modernidad, a aprender inglés (de aprender español, ni lo pensamos, pero quizá debimos hacerlo...).

Por suerte, supongo que Viena es una ciudad mucho más cosmopolita, y mucho más occidental, no sé si me explico, en Viena se está mucho más acostumbrado al extranjero, imagino, pero la rubia, en un perfecto inglés con acento alemán, nos sirvió un par de KrustyBurgers con queso y un par de Cokes. Ah! Y una de papas...
Lo mejor, fue que el garito estaba empapelado con cuadros de un Mucha que se ha quedado en nuestras vidas para siempre. Tal vez fue la excusa para no pensar que estábamos en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme... más.

En fin, tras la comida, echamos un paseo sin saber a dónde íbamos, pero encontramos un puesto de periódicos donde compramos una de esas tarjetas para llamar por teléfono, y no veas lo bien que salen, porque por 10 euros hasta llegamos a hablar con amigos para gastar el tiempo que quedase... y no lo conseguimos. Pero en fin, incluso en esta tienda nos atendieron en inglés, y con una sonrisa por delante.

Tras esto, y moviéndonos por calles que no puedo pronunciar, llegamos a lo que pareció un mercado listo para ser visitado. Un mercado a la antigua, con puestos de pescado fresco y frutas exóticas, de especias turcas y delicias chinas. El mundo en un mercado vienés, rodeado de multitud de bares y restaurantes de todo tipo y calaña, una gran manera de adentrarnos en la vidilla popular del lugar. La pena fue que las pilas de la cámara se terminaron y no hubo más mercado los siguientes días que estuvimos por allí, de modo que mantendremos el recuerdo en nuestra memoria, que seguro que es donde mejor va a quedar.

La tarde se pasó muy pronto, y al final, cansados por el viaje y la caminata, terminamos cenando en el hotel, donde la variedad no era demasiado interesante, ni los precios demasiado competitivos, pero bueno, fue la opción más fácil para un día como de intermedio entre ambas ciudades...

... admito desde ya que algún otro día repetimos experiencia, porque, una vez más, esto de tener el hotel cerca del centro es una putada porque crees poder llegar a todo andando... si al menos nos hubiésemos lanzado al sistema de alquiler de bicis de la ciudad (coges una bici por un euro aquí, y la dejas en otro parking al otro lado de la ciudad, y lo mismo para volver)...