La última tela: Un relato sobre la Ley de Neutralidad Corporal de 2054
[Disclaimer: relato apoyado en IA generativa]
El cartel del Ayuntamiento lucía impoluto junto a la entrada del Polideportivo Municipal de La Malvarrosa: «Espacio de Igualdad Corporal. Por razones de cohesión social, salud e higiene pública, queda prohibida la indumentaria de baño de cobertura superior».
Elena, a sus sesenta y dos años, se ajustó la camiseta de algodón hasta el cuello antes de cruzar la garita. A su lado, la playa y las piscinas estaban llenas de cuerpos descubiertos por decreto ley. Corría el verano de 2054 y la propaganda oficial del Ministerio lo llamaba «el Gran Desmantelamiento del Pudor Patriarcal». Para Elena, simplemente era el lugar donde ya no tenía derecho a estar cómoda.
—Mamá, quítatela ya, nos van a poner una multa —susurró su hija Lucía mientras se aplicaba crema en los hombros desnudos. Trataba de sonar natural, pero Elena notaba la rigidez en su postura, la forma en que esquivaba las miradas de un grupo de chicos jóvenes a unos metros. Como empleada del recinto municipal, Lucía sabía bien que no solo arriesgaban la sanción: si la inspección la vinculaba con una infracción familiar, perdería la acreditación laboral por «incumplimiento de la imagen corporativa de neutralidad».
—Si me la quito, siento que me desnudas tú, no estos cabrones —contestó Elena en voz baja. Se acordó de su madre, Carmen, que en los años setenta del siglo anterior tuvo que aguantar miradas de desaprobación y multas de la policía para poder conquistar el derecho a usar dos piezas. Décadas de pelea familiar borradas de un plumazo por una ley que llamaba progreso a la desnudez obligatoria.
Ese verano, la mitad de sus amigas ya había dejado de ir al mar. Algunas habían probado a ir a las piscinas privadas de sus urbanizaciones, pero el Gobierno no tardó en extender la fiscalización a las comunidades de vecinos bajo la premisa de que «la privacidad no puede ser un refugio contra la igualdad».
La respuesta del mercado no se hizo esperar: a escasos kilómetros, tras unas boyas rojas vigiladas por seguridad privada, se adivinaba el club exclusivo. Allí, las élites pagaban cuotas astronómicas por el derecho a la intimidad, mientras colectivos conservadores —los mismos que un siglo atrás tildaban el bikini de indecente— se paseaban sin miedo a la intervención de la policía con camisetas que rezaban: El bikini es libertad.
A pocos metros, las risas de Gala, la nieta adolescente de Elena, y su hermana pequeña, Mia, rompían el murmullo de las olas. Gala soñaba con ser nadadora de elite, pero la lección ya la llevaba aprendida: el verano anterior vio cómo descalificaban a su gran ídolo de la selección por negarse a competir con el torso descubierto aduciendo razones de intimidad. Gala acataba por puro pragmatismo, por miedo a ver destruido su futuro.
La pequeña Mia, en cambio, era la verdadera victoria de la ley. Con apenas siete años, no recordaba el uso del bikini ni vivía la medida como un trauma. Para su generación, desear privacidad se percibía como una tara ideológica de sus mayores. Sin embargo, Elena las observaba desde la orilla y solo veía una intimidad mutilada antes de poder ser elegida. Los niños de la edad de Mia no habían desarrollado una mirada distinta; simplemente habían aprendido a fiscalizar la firmeza y la simetría sin la barrera de una tela.
El silbato de un inspector municipal resonó cerca de la orilla, interrumpiendo el juego de las niñas para revisar que nadie vulnerase la normativa de higiene corporal. Elena suspiró, sintiendo el peso de una paradoja que atravesaba décadas. Unos las habían obligado a taparse para no incitar; los otros las obligaban a desnudarse para demostrar que eran libres. Y en el centro, el cuerpo de la mujer seguía siendo exactamente lo mismo de siempre: un territorio conquistado por los hombres, donde nadie les pedía permiso a ellas para gobernar.
PD: Este relato no va de bikinis. Tampoco va de playas. Va de quién decide sobre la tela que te cubre y de la falsa libertad de quien no puede elegir. Solo cambia la playa de La Malvarrosa por una calle de París, de Madrid, de Teherán o de Kabul, y la tela que falta por la que sobra.