La orilla común: Un relato sobre la Ley de Neutralidad Corporal de 2054

[Disclaimer: relato apoyado en IA generativa]

El sol de la tarde comenzó a estirar las sombras sobre la arena de La Malvarrosa. Elena regresaba de la terraza exterior con los refrescos en la mano cuando el grito de un niño astilló el murmullo de las olas.

En el agua, más allá de la línea segura de las boyas, una pequeña cabeza aparecía y desaparecía tragada por la corriente. Era Mia.
A pocos metros, en la garita de acceso, Lucía se quedó paralizada. El silbato oficial colgaba de su cuello, reluciente sobre el uniforme municipal. Su cerebro, entrenado en la obediencia y el miedo, sufrió un cortocircuito devastador. Vio a su hija ahogándose, pero al mismo tiempo vio los drones de vigilancia sobrevolando la playa, listos para registrar cualquier infracción. Sabía exactamente lo que decía el protocolo del Ministerio: «Toda intervención en el Espacio de Igualdad Corporal exige la estricta neutralidad indumentaria para garantizar la seguridad del rescate». Saltar al agua con la equipación corporativa puesta, o permitir que alguien civil lo hiciera vulnerando la norma, suponía la revocación inmediata de su contrato, el ostracismo laboral y una mancha imborrable en su expediente ciudadano. Durante tres segundos interminables, Lucía no fue una madre; fue un engranaje del Estado debatiéndose en una decisión imposible: salvar la vida de su hija o salvar el sustento de su familia.
Pero el instinto no entiende de decretos ley.
Desde lados opuestos del recinto, dos cuerpos se pusieron en movimiento a la velocidad del rayo, ajenos a las dudas de la burocracia. Elena tiró los refrescos y, con una fuerza impropia de sus sesenta y dos años, corrió hacia la orilla mientras la camiseta de algodón le azotaba los muslos. Al mismo tiempo, saltando la valla de madera desde el exilio del paseo, Amira se lanzó a la arena, con el top de su bikini firmemente ajustado, rompiendo el perímetro restringido.
Ninguna de las dos se detuvo a desnudarse. Ninguna de las dos esperó la autorización.
Se cruzaron en la orilla, las miradas fijas en la espuma donde Mia acababa de desaparecer. Se lanzaron al agua juntas. El mar empapó la camiseta de Elena, pesada y rebelde, y cubrió el cuerpo de Amira. Nadaron con la rabia de quien no tiene tiempo para pedir permiso. Cuatro brazos de distintas generaciones y mundos se hundieron en el agua para sostener a la niña, rompiendo la corriente hasta arrastrarla de vuelta a la arena.
Mia cayó de rodillas en la orilla, tosiendo agua y salitre, llorando de miedo pero viva.
Fue entonces cuando sonó el silbato. No era el de Lucía, que seguía de pie en la garita, temblando con las manos en la boca. Era el del inspector de zona, que bajaba a zancadas por la pasarela de madera con el bloc digital encendido.
Los aplausos de los pocos bañistas que habían entendido la escena se congelaron en el aire. El inspector no miró a la niña que recuperaba el aliento. Su mirada se clavó en la camiseta mojada de Elena y en el top de Amira, que goteaba sobre la arena del espacio público.
—Identificaciones, por favor —ordenó el funcionario, su voz amplificada por el megáfono de solapa—. Han vulnerado la ordenanza de higiene y cohesión social del recinto. Además, han interferido en un salvamento con indumentaria de cobertura superior no reglamentaria, aumentando el riesgo de la operación.
Amira abrazó a su propia hija, Maryam, que acababa de llegar corriendo al grupo, mientras Elena se ponía en pie, con la tela empapada pegada al cuerpo, sosteniendo la mirada del inspector. Detrás de ellos, los dos policías de la playa se aproximaban con los uniformes impecables, listos para aplicar la multa pertinente y proceder al desalojo por alteración del orden moral de la playa. En la garita, Lucía vio caer la notificación de despido en su pantalla móvil. El sistema no perdonaba la disidencia, ni siquiera cuando tenía forma de milagro.
P.D: Tampoco este relato va de rescates. Va de cómo la obsesión por uniformar los cuerpos y fiscalizar las libertades nos vuelve ciegos ante la propia humanidad. Si la Malvarrosa de 2054 te parece una exageración, recuerda que durante el debate real del burkini en las playas de la Riviera Francesa, hubo alcaldes que justificaron la prohibición alegando que la tela "contravenía el principio de Arquímedes" y ponía en peligro las labores de salvamento. Solo cambia la tela que falta por la que sobra. Cuando el Estado prefiere perseguir centímetros de ropa antes que permitir que una mujer decida, la ley ya no protege a los ciudadanos; solo es un reflejo de su propia misoginia.

La celda invisible: Un relato sobre la Ley de Neutralidad Corporal de 2054

[Disclaimer: relato apoyado en IA generativa]

El sol de la tarde caía con peso sobre el polideportivo de La Malvarrosa, justo al otro lado de la barrera de madera que delimitaba el Espacio de Igualdad Corporal. Amira observaba la escena desde la sombra que proyectaba una palmera, ajustándose por inercia el top del bikini que le cubría el pecho. A sus cuarenta años, esa frontera de madera era el límite exacto entre su mundo y el de los demás.

En la orilla, su hija Maryam corría descalza tras un balón junto a Mia, su compañera de clase. Las dos reían sin preocupación, con el torso expuesto al sol y al salitre, integradas con total naturalidad en el paisaje de la playa.

Amira sentía una mezcla de vértigo y ternura al mirar a Maryam. Ella había crecido al otro lado del Mediterráneo sintiendo que la ropa era una coraza imprescindible para ser respetada, una regla moral que su madre le enseñó a defender como salvaguarda. El propio bikini de dos piezas —que en su juventud supuso una victoria silenciosa frente al vestuario estricto de su país de origen y le costó las miradas de desaprobación de su comunidad— se había convertido con los años en su propia celda invisible. Había creído que ponérselo era llegar a la meta, pero el límite se había movido de nuevo.

Aun así, sabía que estaba avanzando. Meses atrás, el simple hecho de aproximarse a un lugar donde tantas mujeres caminaban al descubierto le provocaba un nudo en el estómago y una vergüenza paralizante. Hoy, en cambio, era capaz de permanecer junto a la valla y sostener la mirada con serenidad. Era un trabajo lento, un desaprendizaje paulatino que necesitaba tiempo para cicatrizar. Ella deseaba para su vida la soltura del país que la había acogido, pero despojarse de décadas de culpa no era un interruptor que pudiera accionarse por decreto. Cuando intentó desabrocharse el top la última vez, sus manos temblaron al recordar las miradas inquisitivas de las mujeres de su familia.

Al mirar el cartel del recinto municipal, Amira no podía evitar una punzada de amargura. Había cruzado un mar huyendo de quienes la juzgaban por enseñar demasiada piel, solo para encontrarse con una ley que la expulsaba por enseñar muy poca. La norma pretendía acelerar el progreso a golpe de multa, sin entender que la emancipación forzada se siente exactamente igual que la represión. Si el Estado le hubiera concedido el tiempo para reconciliarse con su propia piel, hoy estaría allí dentro compartiendo la toalla con su hija, en lugar de mirar desde el exilio del paseo.

Cerca de la garita de acceso, dos mujeres caminaban juntas hacia el paseo marítimo para comprar unos refrescos en la terraza exterior. La más joven le decía algo entre dientes a la mayor, con la tensión palpable en la postura. La mujer mayor, de cabello cano, caminaba despacio ajustándose la camiseta de algodón hasta el cuello con gesto resignado, mientras escuchaba los murmullos apurados de su hija. Amira las observó un segundo antes de volver a mirar al agua, intuyendo que el autoritarismo, viniera de donde viniera, siempre terminaba dejando a las mismas mujeres al margen.

Desde la orilla, Maryam se giró y le dijo adiós con la mano, sonriente y libre. Amira le devolvió el saludo con una sonrisa serena desde la sombra. Aunque el proceso se le hiciera cuesta arriba y el sistema hubiera decidido dejarla fuera, le reconfortaba saber que el puente que construía con su propia paciencia daría frutos: su hija nunca tendría que pedir perdón por su cuerpo ni temer al peso de ninguna tela.

PD: Tampoco este relato va de bikinis ni de playas. Va de los ritmos que la ley no respeta y de cómo la prisa por liberar a veces solo consigue empujar a la valla a quienes necesitan su propio tiempo para caminar. 

La última tela: Un relato sobre la Ley de Neutralidad Corporal de 2054

[Disclaimer: relato apoyado en IA generativa]

El cartel del Ayuntamiento lucía impoluto junto a la entrada del Polideportivo Municipal de La Malvarrosa: «Espacio de Igualdad Corporal. Por razones de cohesión social, salud e higiene pública, queda prohibida la indumentaria de baño de cobertura superior».

Elena, a sus sesenta y dos años, se ajustó la camiseta de algodón hasta el cuello antes de cruzar la garita. A su lado, la playa y las piscinas estaban llenas de cuerpos descubiertos por decreto ley. Corría el verano de 2054 y la propaganda oficial del Ministerio lo llamaba «el Gran Desmantelamiento del Pudor Patriarcal». Para Elena, simplemente era el lugar donde ya no tenía derecho a estar cómoda.

—Mamá, quítatela ya, nos van a poner una multa —susurró su hija Lucía mientras se aplicaba crema en los hombros desnudos. Trataba de sonar natural, pero Elena notaba la rigidez en su postura, la forma en que esquivaba las miradas de un grupo de chicos jóvenes a unos metros. Como empleada del recinto municipal, Lucía sabía bien que no solo arriesgaban la sanción: si la inspección la vinculaba con una infracción familiar, perdería la acreditación laboral por «incumplimiento de la imagen corporativa de neutralidad».

—Si me la quito, siento que me desnudas tú, no estos cabrones —contestó Elena en voz baja. Se acordó de su madre, Carmen, que en los años setenta del siglo anterior tuvo que aguantar miradas de desaprobación y multas de la policía para poder conquistar el derecho a usar dos piezas. Décadas de pelea familiar borradas de un plumazo por una ley que llamaba progreso a la desnudez obligatoria.

Ese verano, la mitad de sus amigas ya había dejado de ir al mar. Algunas habían probado a ir a las piscinas privadas de sus urbanizaciones, pero el Gobierno no tardó en extender la fiscalización a las comunidades de vecinos bajo la premisa de que «la privacidad no puede ser un refugio contra la igualdad».

La respuesta del mercado no se hizo esperar: a escasos kilómetros, tras unas boyas rojas vigiladas por seguridad privada, se adivinaba el club exclusivo. Allí, las élites pagaban cuotas astronómicas por el derecho a la intimidad, mientras colectivos conservadores —los mismos que un siglo atrás tildaban el bikini de indecente— se paseaban sin miedo a la intervención de la policía con camisetas que rezaban: El bikini es libertad.

A pocos metros, las risas de Gala, la nieta adolescente de Elena, y su hermana pequeña, Mia, rompían el murmullo de las olas. Gala soñaba con ser nadadora de elite, pero la lección ya la llevaba aprendida: el verano anterior vio cómo descalificaban a su gran ídolo de la selección por negarse a competir con el torso descubierto aduciendo razones de intimidad. Gala acataba por puro pragmatismo, por miedo a ver destruido su futuro.

La pequeña Mia, en cambio, era la verdadera victoria de la ley. Con apenas siete años, no recordaba el uso del bikini ni vivía la medida como un trauma. Para su generación, desear privacidad se percibía como una tara ideológica de sus mayores. Sin embargo, Elena las observaba desde la orilla y solo veía una intimidad mutilada antes de poder ser elegida. Los niños de la edad de Mia no habían desarrollado una mirada distinta; simplemente habían aprendido a fiscalizar la firmeza y la simetría sin la barrera de una tela.

El silbato de un inspector municipal resonó cerca de la orilla, interrumpiendo el juego de las niñas para revisar que nadie vulnerase la normativa de higiene corporal. Elena suspiró, sintiendo el peso de una paradoja que atravesaba décadas. Unos las habían obligado a taparse para no incitar; los otros las obligaban a desnudarse para demostrar que eran libres. Y en el centro, el cuerpo de la mujer seguía siendo exactamente lo mismo de siempre: un territorio conquistado por los hombres, donde nadie les pedía permiso a ellas para gobernar.

PD: Este relato no va de bikinis. Tampoco va de playas. Va de quién decide sobre la tela que te cubre y de la falsa libertad de quien no puede elegir. Solo cambia la playa de La Malvarrosa por una calle de París, de Madrid, de Teherán o de Kabul, y la tela que falta por la que sobra.


IA killed with developer star

Últimamente no hago más que encontrarme con contenido relativo al impacto que las IAs van a tener sobre la actividad del desarrollador de software, en su término más amplio. El espectro de opiniones, la ventana de Overton del tema, es amplio, muy amplio.

Va desde quienes auguran una revolución tal que dejerá obsoleto a cualquiera, no ya que quiera empezar a programar, sino también, y especialmente, a quienes lleven ya unos añitos en esto de decirle a una computadora lo que tiene que hacer, y mantenerla (y mantenerse) cuerda y coherente con el paso del tiempo; hasta quienes no ven en esto nada más que una carrera ficticia de ratas hacia un botín inventado detrás de cuyo telón, cual mago de Oz, no hay nada.

Habrá que esperar para ver qué ocurre, aunque para entonces tal vez ya sea tarde, y no nos quede otra que brindar con una taza de cafe humeante mientras el tsunami nos arrastra. O no.

A mí todo esto me suena bastante a otras películas como "con Hibernate ya no hace falta aprender SQL", o "con Struts vamos a hacer aplicaciones web como churros". Tal vez aquellas pelis fueran mudas y en blanco y negro, y la IA se nos presenta en IMAX, 3D y dolby surround, pero resuenan bastante. Yo no sé si Hibernate, JPA, Struts, Springboot, o cualquier otro framework o librería siguen aquí por lo que prometían o no; lo que sí sé es que SQL hay que seguir sabiendo, y los churros de Struts o Springboot pueden ser parecidos por fuera, pero la chicha por la que se hacen aplicaciones no es porque sean "baratas", sino porque modelan un proceso, dan soporte a un negocio y, ante todo, evolucionan con el mismo. Por mil motivos, pero evolucionan. Lo desarrollado hoy, no sirve exactamente igual para mañana. Y lo que necesitas seguro mañana, no te quita la posibilidad de empezar sin ello hoy (MVP), y ya harás mañana lo que necesites mañana. Que igual ni lo necesitas al final, y te lo ahorras.

Pero no es nada de esto lo que me (pre)ocupa al escribir este post. Porque el desarrollo evoluciona, como todo lo demás. Se encuentran más y mejores maneras de hacer las cosas, de gestionar las dependencias, de aislar tu preciada lógica de negocio de todos esos proveedores que pretenden atarte para siempre y de los que siempre tratas de zafarte (vendor locking), y todas esas más y mejores maneras evolucionan tanto el quién como el cómo. El desarrollo lleva cambiando años, décadas. No, lo (pre)ocupante de todo esto de la IA no está en el impacto en el desarrollo (que también), eso lleva cambiando desde siempre.

Lo que está cambiando es el desarrollador. Ahí sí se está gestando un cambio realmente interesante y, si me apuras, aterrador.

Porque el desarrollador se hace. Nace, con una serie de habilidades básicas, que no sabe exactamente ni dónde aplicar, ni cómo, y se desarrolla, a base de hostias, en sucesivos proyectos donde o crece o desaparece. La vida real en un entorno de desarrollo real sirve para ponerlo en su sitio, asimilar que no tiene ni puta idea y, como quien se sacó el carné de circular, ahora tiene que aprender a conducir. Porque sí, circular por una carretera de único sentido y límites de velocidad es fácil; lo complicado es abrir brecha en la jungla con un todoterreno y un machete, o abrirse paso por el medio de un atasco en una ciudad en la que no sabes muy bien cómo acabaste, pero ahí estás.

Y en medio de toda esa vorágine, de entregas fallidas, bugs a medianoche y gritos de tu jefe, nacía aquello que te hacía volver a ponerte delante del ordenador al día siguiente. Sí, ver a otros igual que tú, hacer equipo, el hoy por ti y mañana por mí, intentar hacer más liviano el camino para quienes vinieran detrás. La empatía. El enemigo común. El lamerse las heridas de la batalla que el resto compartió a tu lado.

El compartir.

Como esa librería que te ahorra cientos de horas de trabajo que alguien ya hizo y compartió. Como esa receta de cocina que alguien puso online con la idea de que alguien la probase, la mejorase, la llevase al siguiente nivel, o la mezclase con otra. Compartir código, ideas, maneras de hacer, patrones de diseño, experiencias y malas prácticas. Todo eso fluía entre las tropas como un escudo que evitaría riesgos futuros. Y se aprendía. Se aprendía en grupo, de quienes más avispados eran, hasta que se iban, y de quienes menos lo eran, para no repetirlo, hasta que te ibas. En cada cambio de equipo siempre había una oportunidad. De llevar tu bagaje a quienes conocías de nuevas, y a capturar lo mejor del suyo para ti. Y así ibas tirando. Con el espíritu de tener controlado al verdadero enemigo común: tu jefe.

Esto, con la venida de los congresos, quedadas, summits y conferencias, fue aún más allá. Nunca he visto a más gente con ganas de colaborar, contarse sus cosas, explorar lo del resto, que te revisen lo tuyo, que en una concentración de developers. Ya sean en formato katayuno [https://katayunos.com/], o merendojo, se habrían cientos de posibilidades de compartir experiencias, más allá del ámbito de tu jefe. Ya no se trataba de librarte de él, se trataba de no tener que temer a ningún jefe nunca más. Porque estabas más allá de los límites del proyecto de turno. Ahora sabías desarrollar, aplicando en tus manos el resultante de cientos de miles de horas de vuelo que se compartían por el mero de hecho de ser útiles a los demás (bueno, ejem...).

Y con la IA, no veo tanto esto.

Será que ya no hay katayunos, será que las conferencias no van de eso (aún?). Pero veo a mucha más gente vendiendo palas (vendiéndote SU solución para ganar tanto dinero), que compartiendo verdaderas experiencias.

Será que aún no estamos en la cresta de la ola. Será que el producto no está maduro para su uso masivo (no lo está), será que aún no nos estamos preocupando de atarnos al proveedor de IA (que también busca su vendor locking). Será que nos han puesto a correr detrás de una realidad inventada a la que nadie quiere llegar tarde. Y en ese no querer llegar tarde, nadie se está parando a prenguntarse si deberíamos correr, en primer lugar.

La diferencia, está, supongo, entre otras cosas, en que Hibernate o Springboot eran de un nicho, el javero, del de que los pythoneros o phperos pasaban (y viceversa), y esta vez nos han pillado por las gónadas a todos/as/es sin excepción.

- A correr! - gritó alguien, y nadie se paró a pensar. Simplemente, salimos corriendo.- Te vas a quedar atrás, nos van a despedir a miles! - espetaron otros, y nadie se acordó ya de que detrás de muchos de esos compañeros, sin embargo había amigos.

Y ahí murió el/la/le developer. Quien compartía, quien buscaba la crítica constructiva de lo aprendido y aplicado. IA killed with developer star.

Quiero pensar que somos víctimas de nuestras circunstancias. De verle las orejas al lobo tras años de bonanza, de que está bajando la marea y nadie quiere ver que no lleva bañador. Y ante eso, corre, por si acaso, pero corre.

La IA no nos reemplazará. Lo haremos nosotros/as/es. O eso pretenden, sin saberlo, quienes más están corriendo. Llegar el primero, por si no hay espacio para todos. La IA no nos reemplazará, sólo recortará el número de quienes podamos vivir de esto, o eso prevén quienes no paran de correr. Sin entender, tal vez, que hay guerras que no se pueden ganar, no corriendo al menos, que hay juegos en los que la única manera de ganar es no jugar. Pero creo que ya es tarde para eso. Porque alguien ya decidió y consiguió ponernos a correr. Y con eso se rompió aquello nos trajo hasta aquí. Volveremos a ver compañeros caer al grito del jefe, y seguiremos mirando nuestra pantalla porque eso lo que hará que no nos caiga a nosotros. Perdiendo en el camino aquello que evitaba que luego te cayera a ti. Perdiendo en el camino esa mano que hoy das, y mañana te vendrá de vuelta multiplicada por 100.

Y no tengo mayor sensación de desasosiego que por eso. Porque siempre tuvimos el control de la situación. Hasta que nos pusieron a correr.

P.D: Y quienes más corran seguirán corriendo, cobrando lo mismo. Con el cuádruple de productividad y estrés. La banca siempre gana.